Con la llegada del verano llegan también los incendios forestales y la preocupación mediática y pública por sus efectos. Pero la preocupación de las instituciones dura todo el año, aunque sea en los meses estivales cuando los sistemas nacionales y europeos de gestión de siniestros van de cabeza.
Y seguirán yendo, cada vez más. Porque el problema crece, no solo por el cambio climático, sino también por la falta de gestión forestal, a pesar de que la inversión pública en esta materia es también creciente. La combinación de estos dos factores hace que el régimen de incendios varíe, asimismo, muy rápidamente.
Los llamados incendios de sexta generación son la novedad, tan nueva, que todavía no se han caracterizado totalmente, aunque sí se tiene claro que son los que tienen la capacidad de crear sus propias condiciones meteorológicas, evolucionar imprevisiblemente y escapar a cualquier control humano. Se apagan cuando toca, y entre tanto son verdaderamente aterradores y devastadores.
Con todo, quizá no sean el mayor problema, porque no son lo más habitual. Hay otros grandes incendios, sin embargo, que empiezan a ser demasiado familiares: aquellos que afectan a las poblaciones y generan situaciones de emergencia civil o los que suceden simultáneamente con otros y ponen en jaque las capacidades reales de extinción.
En los países mediterráneos el incendio forestal forma parte del catálogo tradicional de catástrofes y existe cultura de la prevención y experiencia en su gestión. La eficacia conseguida hace que la mayor parte de las quemas queden en conatos (menos de una hectárea arrasada), aunque la magnitud de otras provoca tal alarma que esconde esta positiva realidad. El problema añadido, aquí, es la llamada paradoja de la extinción: cuanto más eficiente es la respuesta frente a un incendio, más combustible se acumula y más aumenta el riesgo de que haya otro y sea incluso mayor.
Hay que rentabilizar el combustible forestal
Así que el gran problema es, precisamente, el combustible; o, dicho de otra manera, la falta de gestión de este. De hecho, en la Unión Europea, donde la preocupación aumenta por el incremento de la voracidad del fuego en el mediterráneo y la emersión de los incendios en el centro del continente, se afirma por parte de los expertos que el reto no debería ser incrementar el número de aviones y medios de extinción, sino el número de hectáreas gestionadas en invierno. Ya conocemos ese ‘mantra’ de que los incendios se apagan en invierno.

Se trata de un planteamiento racional, lógico, pero tan ilusorio como bienintencionado. Seguramente, en las próximas semanas volveremos a ver reportajes en las grandes televisiones sobre cabras-bombero presentadas en quimérica versión como el gran remedio; no lo es, ya no hay cabras ni pastores, aunque si yo fuera alcalde de un pueblo montañés donde quede alguna me preocuparía, eso sí, de que ramonearan sin parar en el perímetro del caserío.
También veremos a políticos y consejeros del ramo presumir, aunque con boca pequeña y asustadiza, de inversiones en medios y equipos de desbroce de montes. Eso sí, sin contar que la millonada que nos cuestan los operativos destinados a ello, que además son una fuente constante de conflicto sociolaboral por la forma de concebirlos y conducirlos, apenas despeja una raquítica parte de toda la masa forestal que existe y no para de multiplicarse. Es decir, el Tesoro tampoco será la solución.
En consecuencia, los incendios tendrán que seguir apagándose en verano, que es, de momento, lo único que sabemos o podemos hacer medianamente bien. En la Unión Europea lo saben y por eso, más allá de los deseos de sus técnicos, apuestan por mejorar año a año la capacidad de respuesta de los 27. Hasta el punto de que ya se estudia la adquisición de una flota propia de aviones, lo que podría llegar en no mucho tiempo.
¿Quiere esto decir que debemos abandonar la idea de apagar los fuegos en invierno? Ni mucho menos, pero debemos ser conscientes de que la ganadería ya no lo va a hacer; la agricultura, aunque todavía configura mosaicos protectores, está en retirada; y las arcas públicas se desangrarían si lo intentaran por su cuenta.
O se encuentra la manera de hacer rentable el combustible o quedaremos a merced del fuego cuando las tormentas vengan perfectas. Esto significa contemplar el monte como un recurso económico y no solo como un refugio espiritual; o redescubrir el poder energético, placentero y sanador que ofrece el comburente leñoso frente al fósil. En cualquier caso, un cierto cambio de mentalidad y de costumbres sería necesario.





