Las eurodiputadas Esther Herranz (Populares) y Cristina Maestre (Socialdemócratas) denunciaban hace unos días en Madrid las argucias que la Comisión Europea utiliza para entorpecer la labor del Parlamento Europeo, zancadillas que incluso hacían extensivas al propio Consejo. Como si este y la primera estuvieran interesados en impedir que la representación de los ciudadanos ejerza cualquier tipo de contrapeso frente a las decisiones ejecutivas.
De ser así, estaríamos ante una deficiencia democrática grave, especialmente si tenemos en cuenta que es precisamente el Parlamento la institución directamente conformada por la decisión de los europeos.
Además, estas prácticas contrastarían irrisoriamente con ese flamante Escudo Europeo de la Democracia creado en 2025 para defender a Europa de los llamados ataques híbridos de algunas potencias extranjeras. No debería ignorarse que esos ataques tienen más posibilidades de éxito cuanto más descuidado está el “escudo” interno, es decir, la propia salud democrática de Europa. Los organismos débiles, todos lo sabemos, son más vulnerables a los virus que pueda haber en el ambiente.

Pero más allá de estas consideraciones políticas generales, que es necesario hacer porque afectan a todos los ámbitos de gestión específicos, como pueden ser la agricultura y la alimentación, cabe señalar que la denuncia de las eurodiputadas se hizo en el marco de una jornada de reflexión sobre la PAC.
Artes discutibles
A estas alturas todo el mundo sabe que el actual periodo se acerca al final y que la Comisión ha realizado una propuesta para el próximo ciclo (2028-2034). Como es habitual, el nuevo planteamiento no satisface a los agricultores y ganaderos, pero no por cuestiones puntuales, como ha podido ocurrir en otros momentos, sino porque representa una embestida en toda regla contra la PAC que conocemos. Y esto no lo dicen solo quienes trabajan directamente la tierra o con el ganado; es una apreciación general de técnicos y profesionales reconocidos en variados ámbitos agroalimentarios.
Ciertamente, se trata de una propuesta. Lo que llegue definitivamente a los reglamentos todavía está por ver y hasta ese momento hemos de asistir a muchos episodios de debate, negociación o movilización. Y exactamente por eso atentar contra la limpieza del debate, la agilidad y profundidad de la negociación y, en definitiva, el derecho de los europeos a determinar qué quieren hacer con su agricultura es un paso grave que Herranz y Maestre hacen bien en denunciar y contra el que el sector y la sociedad deberían manifestarse.
Movilizarse solo por cuestiones presupuestarias, pecuniarias en muchos casos, o ignorar, como hacen las civilizaciones sobrealimentadas, que la agricultura está en el principio de casi todo (al menos, todavía), es dejar la vía libre a prácticas antidemocráticas o simplemente irresponsables.
Quizá sea este el gran problema de la Unión Europea y quizá la propuesta de la Comisión no sería tan mala si tuviera un aterrizaje con suficiente pista para la reflexión, la confrontación noble, las explicaciones precisas y la disposición necesaria para escucharlas y admitir razones contrarias.
Y en esto no hay que mirar solo a la Comisión o al Consejo, también al Parlamento, escenario cotidiano de artes políticas, cuando menos, discutibles. Todos los demás estamos también concernidos, pues existe en Europa una actitud generalizada de ignorancia del otro que se manifiesta en direcciones norte-sur, izquierda-derecha, llanura-montaña, pequeño-grande y otras incompatibilidades que no deberían serlo si se tuviera claro el interés general.
La cadena agroalimentaria es una víctima más de este mirar miope, egoísta y cortoplacista tan difícil de gestionar. Por eso no extraña que las propuestas de gestión, sobre todo las que son tan complejas como la PAC, intenten rehuir el debate profundo y pasar de puntillas sobre la negociación. Acaban siendo o pareciéndose mucho a un trágala y por eso dejan un rastro de incertidumbre y miedo que revienta las costuras de lo razonable y retroalimenta la antidemocracia.
Eso sí, un trágala salpimentado con ayudas directas cuyo blindaje suaviza el paso por el garganchón y permite perseverar en el error.




