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Comunicación para reconectar el medio urbano y el rural

Hace falta comunicación, pero una comunicación que no responda a un simple esquema de “buenos y malos”, sino de desconocidos que cada vez lo son más porque atienden y están sujetos a dinámicas distintas que paulatinamente agrandan la separación que hay entre ellos.

El valor estratégico del sector agroalimentario es sobradamente conocido para quienes nos movemos en su entorno, pero no tanto para el conjunto de los ciudadanos. La pandemia de la COVID-19 vino a poner de manifiesto una obviedad: el carácter esencial de la actividad agroalimentaria desde la producción de materias primas a la distribución de alimentos. Y algo parecido pasó tras la invasión Rusa de Ucrania (dos países ‘granero’) y la distorsión que provocó en la distribución mundial de cereales y otras materias primas alimentarias, acrecentando esa percepción de esencialidad.

Estos episodios, junto con los que habrían de venir después, como las crisis energéticas y geopolíticas, con sus espirales inflacionistas, han hecho mucho más palpable ese carácter vital, esencial, de la producción y la distribución alimentaria. Hasta el punto de que muchos llegaron a pensar en el seno del sector que serían el aldabonazo que la sociedad necesitaba para poner los pies en el suelo y empezar a valorar de nuevo la actividad de agricultores y ganaderos, sobre todo.

No ha sido así. Las dinámicas sociales, cuando toman velocidad de crucero, son difíciles de frenar, y hay tendencias cada vez más extendidas y aceptadas por un amplio número de personas, como son el ecologismo, el animalismo o el veganismo, que ejercen ya (unas más que otras) una fuerte influencia en las políticas públicas y los hábitos de consumo de los ciudadanos.

Aunque no son estos movimientos modernos el principal problema que el sistema alimentario tiene para entenderse con sus públicos, sino, en realidad y paradójicamente, su capacidad para seguir alimentando a la población en los momentos más delicados y graves.

Tantas décadas asegurando e incluso sobredimensionando la alimentación en las sociedades desarrolladas han tenido como consecuencia una falta de atención de la ciudadanía sobre esta. Y han sido otro tipo de necesidades y servicios (menos perentorios, pero más novedosos y apetecibles) los que han ocupado y preocupado a las personas, que se han olvidado en gran medida del carácter indispensable de la comida y de los riesgos asociados a su ausencia o minusvalía.

Una consecuencia dramática de esta hipersatisfacción nutricional ha sido la desconexión creciente de los ámbitos metropolitanos con la agricultura y con el entorno en el que esta se desarrolla, lo que ha generado desafectos que las modernas redes sociales se están encargando de aflorar con términos despectivos y un cierto enfrentamiento entre el medio rural y el urbano, entre “rurales” (realmente empoderados por la educación, la cultura y un creciente nivel de vida) y “urbanitas” (cada vez más ignorantes y despreocupados de realidades ajenas a su medio habitual).

Comunicación moderna

La falta de tradición comunicativa del sector y la orientación de la comunicación, cuando existe, hacia viejas reivindicaciones socialmente periclitadas y poco atractivas y con métodos, aunque llamativos, igualmente en decaimiento (tractoradas) tampoco ha ayudado en los últimos años a situarlo en la cúpula de la atención ciudadana.

Es preciso, por tanto, hacer un esfuerzo por modernizar y revitalizar la comunicación; por reconectar dos ámbitos, el rural y el urbano, que se necesitan; por fomentar el conocimiento y respeto mutuo entre ellos; por situar al sistema agroalimentario entre las prioridades informativas de los medios, pero, sobre todo, de las personas; y por mejorar la imagen y la capacidad de influencia de los colectivos rurales, agrarios y alimentarios.

Lo que para estos colectivos podría ser una perogrullada, para otros, y en especial los de los más jóvenes, es algo ignorado: la condición vital, esencial, de la alimentación y la vinculación de esta con la agricultura, el medio rural y los propios productores de alimentos. Puede ser sorprendente, pero es necesario insistir con comunicación estratégica en algo que a fuer de natural, evidente e imprescindible no debería ser olvidado.

Hace falta comunicación, pero una comunicación que no responda a un simple esquema de “buenos y malos”, sino de desconocidos que cada vez lo son más porque atienden y están sujetos a dinámicas distintas que paulatinamente agrandan la separación que hay entre ellos. Desconocidos que tienen la obligación de volver a conocerse y reconectar.

Desconocidos que, sin embargo, se mantienen indefectiblemente unidos por un cordón umbilical que es el de la alimentación y que, por tanto, ha de servir para esa reconexión. El objetivo es encontrar los puntos de unión entre esas dinámicas y generar una corriente de empatía en ambos sentidos.

No es una tarea difícil, aunque sí larga. Existen circunstancias e instrumentos que pueden servir de catalizadores. No en vano, el sistema agroalimentario es uno de los más acostumbrados a los cambios, de los más abiertos a la innovación, de los más dúctiles y de los que mejor están entendiendo, ahora, la importancia de la comunicación.

Con ella, la agroalimentación no solo podrá superar viejos problemas, sino afrontar los nuevos retos que el cambio climático y el crecimiento de la población mundial están planteando. Es decir, aumentar al mismo tiempo la productividad y la sostenibilidad de la actividad agroindustrial, lo que para muchos podría ser algo así como la cuadratura del círculo.

En definitiva, una situación muy compleja determinada por fenómenos complejos como son el cambio climático, la geopolítica, los mercados agroalimentarios o las nuevas tendencias sociales.

Una situación que debería hacer de la comunicación, como elemento estratégico de primer orden, una política agroalimentaria prioritaria, como lo son el regadío, la sanidad animal y vegetal, los seguros o la calidad alimentaria, sin ir más lejos. Una política impulsada con fuerza por la Administración y gestionada por el propio sector, como tantas otras.

Etiquetas Periodismo agroalimentario
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