Pertenezco a una generación en la que a los jóvenes rurales, ya desde niños, les tocaba ayudar en las labores familiares hasta donde su desarrollo y fuerza lo hiciera posible. El campo y la granja eran duros, pero siempre tenían faenas auxiliares, de poca exigencia, que servían para introducirlos en la rutina laboral de los padres, ir aprendiendo un oficio, ahorrar (o aportar) algún jornal a la unidad familiar y recibir, de algún modo, una educación orientada a dominar la voluntad (eso que el ‘Informe Pisa’ no detecta ahora) y prepararse para lo que pudiera venir. Teniendo en cuenta, claro, que en los pueblos de España no era frecuente interpretar que lo venidero fuera a ser bueno.
En definitiva: que, salvo raras excepciones, todo el mundo agachaba el riñón en cuanto tenía bisagra suficiente para levantarlo con alguna miaja de peso. Así, cuando llegaban épocas de máxima exigencia agraria era posible dar una respuesta con mano de obra propia o muy cercana; las cuadrillas se formaban entre familias que recorrían los corros de unos y otros miembros del clan y se completaban, cuando era preciso, con vecinos del pueblo o de pueblos aledaños. Hasta los estudiantes volvían a casa para echar una mano o pasar el verano entre la fruta y la vendimia para pagar matrícula, libros y patrona durante el resto del año.
Pero esa organización tribal ha ido desapareciendo a medida que se despoblaba el medio, crecía el tamaño de las explotaciones, mejoraba el nivel de vida y desde el exterior se multiplicaban los estímulos que alejaban a las personas de su origen. Sin embargo, la mano de obra ha seguido siendo necesaria, porque la mecanización ha eliminado algunas labores, pero ha creado otras nuevas, y la intensificación de la producción es también intensiva en demanda de empleo.
Más a o menos así es como hemos llegado a la situación actual, deficitaria no solo en el campo, sino también en la industria alimentaria y en toda la cadena de suministro de alimentos. Una cadena que si no fuera por la fuerza de trabajo extranjera, inmigrante, no funcionaría.
Gestión inteligente
Por eso, lo que ha pasado en Ceuta, al margen de consideraciones geopolíticas, de seguridad u otras que no vienen al caso, desde el punto de vista de la producción agroalimentaria (podríamos hablar también de la construcción, los servicios, etc.) no estaría mal contemplarlo como una oportunidad.

Vaya por delante que no debería haber pasado y que (suponiendo que sea posible) no debería volver a pasar. Pero una vez sucedido, lo que hay en la ciudad africana es un grupo (numeroso, pero perfectamente embebible en nuestro potente sistema socioeconómico) de personas que han sufrido lo inimaginable y cuya situación emocional le predispone como a nadie para aprender a ser ciudadanos ejemplares en la sociedad que les ofrezca la oportunidad que han venido a buscar.
Con el trato y la formación adecuada podrían ser los jornaleros, capataces, envasadores, conductores o auxiliares que nos faltan. También los fontaneros, electricistas o albañiles. Y, por qué no, los médicos, enfermeras o ingenieros.
Personalmente, creo que quienes han recorrido cientos o miles de kilómetros pasando hambre y sed, atravesando territorios en guerra, sufriendo persecuciones, perdiéndose y volviéndose a encontrar en el desierto y muchos otros padecimientos que desconocemos, cuando llegan a su meta merecen que se les dé la oportunidad que anhelan. Claro que algunos delinquirán, pero la probabilidad de que se cuele un delincuente es la misma que la de que entre un chaval que un buen día escalará por la fachada de un edificio para salvar a un bebé o una anciana de morir en el incendio de su casa.
En todo caso, soy consciente de que el párrafo anterior solo es, para muchos, buenismo de salón, por eso me he centrado en el interés socioeconómico del fenómeno, cuya gestión precisa menos majaderías y más inteligencia emocional. Ya lo demostró en su momento Daniel Goleman: Si los tratas como delincuentes, se portarán como delincuentes. Tratémoslos, pues, como personas, primero, y como profesionales de lo que sea, después. Así tendremos buenos nuevos ciudadanos.
Estoy, como todos, con Ceuta, aunque no, por supuesto, con los solidarios de pancarta que luego dejan que los ceutíes se cuezan en su cáliz particular.




